miércoles, 24 de enero de 2007

1999, se alistan candidatos




enero
Cuauhtémoc Cárdenas, el gobernante de la ciudad de México, específicamente sus colaboradores cercanos, organizaron un festejo del día de los Reyes Magos, al que concurrieron un millón de personas a recibir la dádiva en alimentos junto con otras gratificaciones de tipo musical. Dentro del cúmulo de intelectuales y especialistas que adulan al Ing. Cárdenas no hubo quien le proporcionara un análisis sobre el significado de lo acontecido. Cómo por un acto de la autoridad miles de ciudadanos se despojaron por unas horas de su condición política para quedar en calidad de siervos, mientras en el lado opuesto el gobernante capitalino como señor dueño de la fiesta, en calidad de solitario Rey Mago. En actos de esta naturaleza no hay ni revolución, ni democracia, sólo se exhibe el ropaje populachero de las dictaduras. Pero la ceguera es absoluta, tanta como la falta de recato para calificar lo acontecido: con actos así, para qué queremos encuestas, concluiría Rosario Robles, secretaria general del gobierno de la ciudad.
El viejo régimen está en proceso de una mutación lo que no precisamente deriva en democratización plena. Un mar de confusión contradice el optimismo. Los sujetos colectivos (partidos) e individuales (ciudadanos) no encuentran camino común para refrendar la democracia. En el ámbito de los partidos, la institucionalidad que confieren las reglas y la ideología han sido rebasadas por el caudillismo promovido por la sucesión presidencial y la formación de redes ciudadanas eximidas de la aplicación del COPIPE. Adicionalmente se da la supeditación de las organizaciones partidarias a los medios. Aquí, el inicio del desorden se le atribuye a Vicente Fox, quien empezó de manera abierta su campaña por el dos mil aún a costa de desdibujar al Partido Acción Nacional y achicar a su dirección nacional que ha quedado virtualmente acéfala.
El Partido Revolucionario Institucional y el de la Revolución Democrática tienen mención aparte. El primero porque se encuentra exhausto por la liberalización económica y política que contradice su pasado, campo fértil para la traición y el falso democratismo de corrientes ancladas en el pasado. El PRD es la historia del mutante que, vacunado por los cambios, fortalece los vicios del sistema, así como los insectos se recomponen genéticamente para resistir a los insecticidas. Prueba de ello fue la plancha con aplanadora que pasó sobre Porfirio Muñoz Ledo.
Diputados, Senadores y dirigentes perredistas arrollaron la pretensión presidencial del “acelerado” Muñoz Ledo. Un interés legítimo fue triturado sin considerar estatutos, discurso y dignidad. Presurosos y temerosos, la cargada concluyó: el bueno es Cuauhtémoc Cárdenas. Cuando el Ingeniero ni siquiera pudo demostrar su capacidad para gobernar la ciudad de México, colmado por el frágil elogio de los aduladores, en medio de una mezcla perversa de propaganda de algunas secretarías de la administración cuauhtemista y la guerra de guerrillas al interior de las delegaciones políticas, donde las huestes del PRD se disputaban el poder entre sí.
Por lo que se refiere a los ciudadanos, estos se encontraban aturdidos por la orfandad que produjo el abandono del paternalismo, lo que encendió el denuesto antigobiernista y revaloró la dádiva oposicionista, sin distinguir la lucha ciudadana de la lucha social como matriz básica entre un régimen democrático y sus opuestos, prefiriendo las seguridades de la servidumbre por sobre las incertidumbres de la autonomía. Sin partidos modernos y sin ciudadanos plenos, el país se acercaba a una restauración autoritaria sin las siglas del PRI.
Una administración federal asediada desde su inicio debido a la ruptura del formato de partido único y a las disputas entre la clase política tradicional y los tecnócratas. Un gobierno zedillista que además de cuestionado, convivió con las desbocadas ambiciones de políticos que aspiran a sucederlo. Así las cosas, no se produjo una clara distinción entre el tiempo electoral, la disputa reglamentada por el poder, del tiempo dedicado al ejercicio del gobierno. Esto provocaría una especie de vida política en campaña permanente, sin dar tiempo a la labor constructiva que todo gobierno se propone.
Se conocía la lista de los interesados por suceder al presidente Zedillo, pero poco se sabía de su propuesta, qué país proponían, dónde su modelo alterno. Y a este circo se integró Manuel Camacho Solís durante la presentación de su propia organización política, el Partido del Centro Democrático, o al menos así lo presentaron los medios con su llamado a formar un frente de oposición antipriísta como la salvadora solución, sin decir nada acerca del día después del hipotético triunfo de una alianza opositora.
Del lado del mismo Partido Revolucionario Institucional, de algunos de sus miembros, la sucesión presidencial adquiría los tintes de una nueva escisión, siguiendo los pasos de Muñoz Ledo y Cárdenas, aunque los suspirantes tricolores se reconocieran priístas de concreto armado. De nueva cuenta, el PRI estaba por tropezarse con la piedra de la sucesión. Algunos analistas consideraban iniciada la campaña de Francisco Labastida Ochoa hacia la Presidencia de la República. Como secretario de Gobernación, Labastida se reunía con los gobernadores, era apapachado por los gobernadores de su partido - exceptuando los que tenían aspiraciones presidenciales. Significando con ello una dificultad interlocutoria con sus rivales internos, Manuel Bartlett y Roberto Madrazo.
Enero trajo a Juan Pablo II a la escena nacional por cinco días, del viernes 22 al martes 26. Éxtasis religioso en cuyas hendiduras se forzaba un contenido político legitimador de tal o cual posición política según se tratara de equis o ye actor. Establecer la relación entre religión y política dentro del mundo moderno no es fácil. El laicismo que anula las aspiraciones al poder político de las iglesias obliga a lo que la sociología de las religiones señala como ambigüedad del discurso, que le permite desplazarse hacia cualquier plano de los posicionamientos políticos por muy encontrados o distantes que estos puedan ser. Cada cual escuchó el mensaje que quería: condena al neoliberalismo, a la guerrilla, al gobierno de Ernesto Zedillo o al gobernante de la ciudad de México Cuauhtémoc Cárdenas. Cuando bien se podría proponer que lo dicho por el Papa cabría explorarlo en la hipótesis de una crítica a las élites, que en sus desacuerdos eran los verdaderos responsables de lo que ocurría en el desánimo del país. En el análisis quedó sobredimensionada la comercialización de la visita, al grado de vaciar el contenido pastoral en críticas más bien banales, como banales fueron las interpretaciones de la actuación de los políticos frente a los medios.
La participación de masas tuvo el acento de admiración y pasmo por parte de la mayoría de los formadores de opinión, ante la movilización que provocó el sucesor de San Pedro, sin descender a las profundidades de una serie de actos que fundieron diferencias sociales en una sola alma, que hicieron olvidar por unos días las atribulaciones de la vida cotidiana. Ríos de gente en la espera, llanto de niños, canto de jóvenes y fervor sin límite ante la presencia de Juan Pablo II, que en su despedida se le exigía irracionalmente que se quedara. Algo había ahí, en ese colectivo desahogo emocional que dejaba percibir orfandad amorosa, necesidad de sometimiento ante un mundo de voluntad y libertad fantásticamente potenciado.
La sociedad vivía el vacío de una conciencia revolucionaria fracasada en su propósito redentor, de un paternalismo desacreditado, de identidades gremiales corruptas. Vacío fatalmente ocupado en los recovecos de la conciencia por la asimilación a la condición de víctima. La victimización como enfermedad social de fin de siglo: todos somos víctimas. Era ahí donde maravillosamente se insertaba la presencia del Vicario de Cristo, quien ofrecía la remediación a todos los males, reales y supuestos. Oferta que se devalaba frente a lo que debió ser el centro del mensaje papal: la conformación de una ética del respeto y la aceptación como cimiento de la convivencia social y política. Este contenido pasó inexpresado, al menos eso se evidenció al día siguiente de la despedida con el reinicio de las hostilidades en la arena política.
febrero
En el Estado de México los tres principales partidos definieron su candidato a gobernador. Arturo Montiel, por el PRI, ha dado una demostración de arrastre poniendo presión a sus contendientes, en particular al perredista, Higinio Martínez que también llegó a la nominación por la vía de la consulta a la base, evidenciando una disparidad de fuerzas que anticipaba la victoria priísta. Mientras en el estado de Puebla, Melquíades Morales asumió la gubernatura al completarse el ciclo de Manuel Bartlett. En virtud de que este último era aspirante a la candidatura priísta a la Presidencia de la República, Bartlett inició con notorio desangelamiento por la falta de arropamiento de su propio partido que se ha limitado a respetar su decisión.
En Baja California Sur, el Partido de la Revolución Democrática alcanzó su cuarta jefatura de gobierno a nivel estatal. Como en las anteriores, el triunfador fue un expriísta. Sabido que en Tlaxcala y Zacatecas el poder recayó sobre redes clonadas del PRI y no precisamente sobre el trabajo político del PRD. En BCS el esquema fue parecido. Mientras en Guerrero, tras una competencia cerrada entre el PRI y el PRD, René Juárez Cisneros se alzó con el triunfo para el PRI.
Lo que destacado de las elecciones del 7 de febrero fue la desaparición del Partido Acción Nacional. Por un lado, se trataba de dos estados rurales, con ingresos muy definidos y poco variados. Pero el caso de BCS hizo más relevante la caída estrepitosa del PAN, pues se trataba de un estado norteño. En esto tuvo que ver la disctracción de los blanquiazules pues Vicente Fox, en su activismo metió a su partido a consensar su candidatura presidencial y con ello se descuidó el trabajo partidista. El caudillo sobre la plataforma del PAN. El PAN se encerró en una falsa disyuntiva: el poder o el partido.
Así se dibujaba el espectro de las tres principales fuerzas políticas: un partido claramente acaudillado; otro que empezaba a perder los límites entre la ideología y el pragmatismo; el tercero se reinventaba cada día. En el teatro de la política nacional, acostumbrado a la actuación de un solo hombre, difícil era aceptar una ampliación del reparto, sobretodo cuando la ambición vestida de impudicia aparecía desnuda de ideas.
En ese ambiente, con un sexenio en el tercer tramo de su trayecto, se discutía la reforma del sistema eléctrico, a ese complicado esquema que mantiene en manos del Estado el control sobre la red de distribución y la mayor parte de la producción de energía eléctrica, pero que abre la inversión privada a la creación de nuevas plantas y a la autogeneración de energía eléctrica, cosa que de alguna forma se inició desde 1993. La ambigüedad de la reforma con un destino similar al de la petroquímica, condiciones que terminan para desalentar a los posibles inversionistas. De origen, la propuesta presidencial no quiso concluir una privatización total, dejaba abierta esa responsabilidad a su sucesor, desazolvando una vía que tiene obstáculos de carácter jurídico constitucionales y que sólo pueden quitarse desde la convocatoria al Constituyente. A su vez, en el Congreso la propuesta tenía un fuerte obstáculo de conducirse el proceso en un convencimiento exclusivamente técnico que no incluya sus efectos políticos. A lo cual los partidos con presencia en las Cámaras no estaban dispuestos a aceptar. Aquí, la posición del Partido de la Revolución Democrática estaba adversamente definida, en cambio al lado del partido oficial y de Acción Nacional, el tema de la privatización eléctrica se encontraba enredado. Voces del PRI anteponían su declaración de principios a la reforma constitucional. En el PAN no se presentaba un conflicto de principios respecto a la reforma del sistema eléctrico, pero especulaban una nueva oportunidad de recuperar la influencia perdida.
El domingo 21 de febrero se dio un paso más en la balcanización legal del país con las elecciones de Hidalgo y Quintana Roo. Ganó el Partido Revolucionario Institucional. Ganó la estructura de poder local. La transición del régimen no formaba una nueva relación entre los órdenes de gobierno, hacia un equilibrio de poderes, con pluralidad sustentada en partidos fortalecidos de sólida plataforma ideológica. De las gubernaturas a disputarse en el futuro inmediato, la del estado de México destacaba por su importancia económica y poblacional. Disputa en la que el PRI mostraba una clara ventajas por la operación de la estructura local. Por eso, no importando el partido ganador se perfilaba un mapa político dispuesto para la expresión de fuerzas regionales que auguraban una elección presidencial muy cerrada en el dos mil. Quien llegara a la Presidencia no tendría gobernadores sumisos, pues cada uno pondría de por medio su propia legitimidad ante quien resulte Presidente de la República. Tampoco tendría la estructura institucional adecuada a la nueva distribución del poder.
En el PRD estaban de metidos de lleno en la construcción de la tercera oportunidad de Cuauhtémoc Cárdenas una vez que por anticipado se veían liquidadas las aspiraciones de Porfirio Muñoz Ledo. Pero se encontraba ante su dolor de cabeza, elegir a sus dirigentes nacionales, en la que no obstante, todas las planillas sin distinción ponían como principal prenda su lealtad al ingeniero Cárdenas y no por ello se hacía más fácil el proceso. Se sospechaba como sacrificado a Jesús Ortega, pues el dedo parecía apuntar hacia un dirigente nacional reputado de conciliador, no identificado con extremismos, y sin poder propio, es decir disciplinado. Amalia García se encontraba en ese retrato hablado.
En esas surgió el asunto de las cuotas de la UNAM que paralizaría a esa institución por un año. La propuesta de la rectoría no era inflexible, ni retroactiva, tampoco iba a solucionar las finanzas de la Universidad, sólo promovía una modesta cooperación que para hacer conciencia entre los estudiantes sobre el valor de la educación que reciben. Pero el argumento no fue suficiente. La gratuidad de la educación no tenía que ser vista como una carga para el país, sino como la palanca para extender los beneficios de la educación superior en el fortalecimiento del propio Estado y beneficio de la sociedad al contar con ciudadanos mejor preparados. Ese fue el punto no rebatido por las autoridades universitarias.
marzo
La protesta poselectoral para impugnar la victoria del Partido Revolucionario Institucional en Guerrero en días pasados, fue el marco de masas para lanzar la propuesta de una alianza opositora. El puerto de Acapulco fue el lugar desde donde Cuauhtémoc Cárdenas propuso la realización de elecciones primarias para decidir el candidato único de la oposición. La idea no era original. Manuel Camacho Solís, en busca de capital político, fue uno de los iniciales promotores de la coalición diseñada para sacar de Los Pinos al PRI. De donde se infiere la convicción de los partidos de oposición de que no podrán alcanzar en solitario un triunfo en las próximas elecciones federales. Con ese propósito limitado de derrotar al PRI no se ofrecía una base sólida para un nuevo régimen. Así los logros serían limitados y riesgosos si no anticipaba el tipo de gobernabilidad que podía garantizar una coalición hecha gobierno. Se estaba de acuerdo en liquidar al PRI pero no se decía qué contenidos sustituirán al partido oficial. Una propuesta así, excluyente, oscilaba entre el autoritarismo y la guerra civil. Para los cardenistas, no importaba detenerse en "pequeñeces" porque de todos modos Cárdenas era el virtual candidato de una alianza opositora. Coalición en la que era imposible la participación del Partido Acción Nacional, porque si de algo estaba seguro el PAN era de su aversión hacia el Ingeniero. Lo cierto es que en esos días sólo acontecimientos extraordinarios la condición de líder de la coalición opositora recaía en Cárdenas.
A este movimiento le siguió, el jueves cuatro de marzo, el pronunciamiento del presidente Ernesto Zedillo relacionado con las reglas de la nominación priísta a la Presidencia de la República. Zedillo reiteró su negativa a designar unilateralmente al candidato del PRI, lo que de ninguna manera era equiparable a su marginación del proceso de selección. Poniendo como fecha límite el quince de mayo para definir las nuevas reglas, el acto confirmó las escasas posibilidades que tenían los tecnócratas de alcanzar la nominación priísta y los escollos que tenían los precandidatos adelantados respecto a los miembros del gabinete que libraban los candados. Por eso Manuel Bartlett no quedó convencido de la propuesta zedillista, y sin ser adivino reconocía que Francisco Labastida era su principal adversario.
Para algunos, el discurso del presidente Zedillo era el reconocimiento de su derrota dentro de la grey priísta y el principio de la autonomización del partido oficial respecto de su jefe nato. De ser así, la lucha interna por definir candidato presidencial abría posibilidades de llevar al partido oficial a una derrota en las urnas, ya que supondría no disponer del apoyo real y simbólico que procede del control del aparato estatal. Desde una perspectiva de poder, otros evaluaron el festejo del setenta aniversario del PRI como un llamado a la unidad. Unidad que en tiempos de apertura había venido a menos. Aquí el razonamiento era redondamente tautológico: el presidente Zedillo necesita del PRI, tanto como el PRI necesita del presidente Zedillo.
En el PAN se dieron sus propios movimientos. Felipe Calderón se despedía de los colaboradores que lo acompañaron en su aventura como presidente nacional de ese partido. Litigante, polemista y parlamentario reconocido, no pudo crecer como guía de partido. Carente de mentalidad estratégica, no logró integrar el planteamiento de metas con el aprovechamiento de recursos. Bajo su mandato el PAN desarrolló arreglos inestables con el gobierno, el PRI y el PRD que destiñeron la fisonomía de su partido. Afortunadamente para el PAN, Calderón Hinojosa tomó la decisión de no reelegirse. Siguiendo la cuenta de los días, Acción Nacional eligió como presidente de su organización a Luis Felipe Bravo Mena. Era aventurado formular una idea de las posibilidades que como dirigente nacional tendría el mexiquense oriundo de Guanajuato. La prensa señalaba su cercanía con Vicente Fox, pero no se tenía ni idea de su vinculación con la organización de El Yunque, derecha radical insertada en la derecha leal y doctrinaria. Bravo Mena tiene poco tiempo para aprender debido a que la lucha por la Presidencia de la República se había adelantado gracias a los esfuerzos del gobernador guanajuatense y no como parte de una estrategia de su propio partido. De ahora en adelante todo lo que diga Luis Felipe tendrá que evaluarlo en la dificultosa decisión entre la precisión de la congruencia y el pragmatismo efectista. Pero Vicente Fox ya arrastraba a su partido hacia un mayor pragmatismo, en la confianza de que los principios resisten. En el PAN, Diego Fernández de Cevallos adelantó que cualquier alianza para el dos mil, de prosperar, tendría que acordar un candidato neutral, a lo que de inmediato Fox calificó, en su lenguaje de ranchero urbano, de jaladas. La advertencia del panismo tradicional a Fox ahí quedó: dar su lugar al PAN como definición prioritaria a su proyecto personal de poder.
En el Partido de la Revolución Democrática, Porfirio Muñoz Ledo recriminó la falta de oportunidades en su partido que sólo juega con Cárdenas, un candidato que parece vitalicio. Muñoz Ledo coqueteó con Miguel Alemán y se dio tiempo para presentar su proyecto Nueva República en el que demostró convocatoria elitista, de audiencia con experiencia. La respuesta del Ing. Cárdenas no tardó. Éste propuso a su partido presentar un solo candidato en las primarias que definieran un solo al candidato postulado por la oposición. No sólo eso, Cárdenas se declaró listo para la contienda y además solicitó la adhesión de las corrientes priístas contrarias a la actual dirigencia del PRI.
Así, continuando con los jaloneos, en el Partido revolucionario Institucional no se quedaron atrás. Manuel Bartlett y Roberto Madrazo respondieron al discurso del cuatro de marzo. Uno exigió equidad, que renunciaran los miembros del gabinete con aspiraciones a la Presidencia. Madrazo exigió una elección interna abierta, sin dedazo. Esteban Moctezuma y Francisco Labastida parecían ignorar este debate. El secretario de Sedesol prefirió polemizar con Fox acerca de la pobreza en Guanajuato. Labastida Ochoa fue a Guerrero a negar toda posibilidad de concertacesión al conflicto poselectoral con el PRD en ese estado. Después fue a Chiapas a censurar la consulta del EZLN que se realizaría el 21 de marzo. En todo esto los priístas concluyeron en un debate interno sobre el discurso del setenta aniversario del PRI en el que Carlos Rojas reflexionó sobre la necesaria unidad.
En la víspera de la selección de dirigentes en el PRD, Andrés Manuel López Obrador se iba sin despedirse. Dejaba un partido al alza, junto con una interrogante sobre la transformación de su actuación. De político tolerante y conciliador a vociferante y provocador.
Festín esópico de mapaches, tejones y ratones, donde cualquier vaca pudo ser candidato. Esa fue la representación premonitoria de López Obrador, quien sólo se equivocó en el partido objeto del vaticinio. Así fueron las elecciones internas en el Partido de la Revolución Democrática. Preparando una semana de poder popular que iniciaría como ejemplo de ejercicio democrático, las acusaciones entre perredistas dejaron al descubierto las prácticas viciadas que tanto le han recriminado al partido oficial. Tan mal les fue, que hasta el fantasma de Bartlett se dio cita: se les cayó y calló el sistema. El genio informático electoral del PRD, José Barberán, compungido y con orejas de burro, aceptó que hasta el diez de abril se tendrían las cifras definitivas. López Obrador, que en otras ocasiones se ha destacado como engullidor de grabadoras y micrófonos, tuvo que improvisar su ayuno. No había que hacerse bolas. Los resultados definitivos sólo correspondían a una relación de fuerzas: la de las redes clientelares y el abolengo del Ingeniero. El mal inicio desactivó el efecto de las demás movilizaciones programadas. Estas no tuvieron la resonancia esperada, aún cuando en la ciudad de México se contó con la connivencia de las autoridades capitalinas. La semana de poder popular concluyó en una farsa. Confluencia que hoy se aprecia en su deliberado propósito: catapultar la candidatura de Cárdenas para el dos mil.
Mientras, la diáspora de delegaciones "zapatistas" se dirigieron a diversos puntos del país para realizar una nueva consulta el 21 de marzo, como si el resultado de la primera para convertirlos en fuerza política pacífica hubiera sido acatado. El ciudadano común ha visto distante el periplo de los encapuchados. La consulta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ya realizada, pese a sus propósitos de espectacularidad, incluida una sesgada reunión con empresarios, la consulta no resistió la prueba de los medios. A excepción de La Jornada, la prensa en general no abundó sobre el tema. Y no se puede alegar inducción gobiernista. Simplemente, el zapatismo demostró que no ha constituido un verdadero proyecto nacional.
Pero algo había sucedido el dieciocho de marzo. Pues en sincronía con la conmemoración de la expropiación petrolera los ezetaelenitas se unirían los inconformes por la alza de cuotas en la UNAM y el frente opositor a la reforma del sector eléctrico. Pero el día se dividió en tres actos en la agenda de Cárdenas. Por la mañana en el Monumento a la Revolución, desde donde Cuauhtémoc Cárdenas presentó la plataforma mínima para una coalición opositora, y que algunos comentaron como el inicio de su campaña para conquistar la Presidencia. Por la tarde, la reunión de Cárdenas con líderes opositores en la ciudad de Monterrey. Ya más tarde y entrada la noche, la inmensa marcha en la ciudad de México, organizada por el Sindicato Mexicano de Electricistas y en la que sin conocerse el por qué, los dirigentes electricistas se negaron a darle un lugar como orador a Cárdenas. Solo, en su meditación nocturna, Cuauhtémoc Cárdenas se encontró con la pregunta que insistentemente le ha formulado la realidad: ¿partido o movimiento? Cuestión que a su vez tuvo su corolario: ¿qué legitima a la democracia, la movilización o el voto? Finalmente, recorrió mentalmente la pasada jornada comicial del perredismo para formarse una lección: tribalismo mata democracia.
A los acertijos del mes se sumo la renuncia de Mariano Palacios Alcocer y Carlos Rojas a la dirección nacional del PRI. La mayoría de los jugadores políticos se vieron descolocados sin atinarle a la justa interpretación de los relevos. La dimisión se dio en el preciso momento que el PAN ya había elegido un liderazgo que se veía débil, y en el que el PRD se enredó a la hora de cambiar dirigentes. El PRI inicia el proceso de sucesión de presidente y secretario general del CEN. Por las formas en las que se dio la renuncia se hacía increíble la sana distancia Dr. Zedillo. Se anunciaba la renovación del dedazo
La onda de un nuevo cisma sacude al Partido Revolucionario Institucional. Hechos al pragmatismo en el que las ideas quedan relegadas al imperativo de las adhesiones (la entrevista a Manuel "Meme" Garza en Milenio es expresión de esta cultura) ahora que pretenden implantar la democracia en la gestión interna del PRI, la torpeza es su mejor actuación. La renuncia de Mariano Palacios y Carlos Rojas a la dirección del PRI, fue analizada en coincidencia por diversos analistas como la renovación del dedazo al despuntar la cargada a favor de José Antonio González Fernández y Dulce María Sauri de Riancho. Personajes vistos como la propuesta oficial, es decir, zedillista. Saliendo rápido de su confusión o internándose en ella, los priístas que se sintieron afectados se movieron para atender la convocatoria de inscripción y contender. La Corriente Renovadora y los grupos parlamentarios Galileo y Reflexión lanzaron su propia planilla, teniendo como dupla a Rodolfo Echeverría Ruiz y José Luis Soberanes Reyes.
Asumiendo un democratismo súbito, Echeverría y Soberanes se atrincheraron en la exigencia por imponer sus condiciones a todo lo que tuviera, aunque fuera en apariencia, la marca del presidente Zedillo. La disidencia priísta decidió cuando inaugurar la democracia dentro de su partido, precisamente en el momento que no tienen todas las ventajas del poder o sienten cerca la posibilidad de ser políticos desplazados, como Cárdenas y Camacho en su oportunidad. Autonomía y Democracia, la planilla de Rodolfo y José Luis, querían cambiar las reglas porque estas de principio no los beneficiaban. Desconocían quienes y cuantos eran los electores del Consejo Político Nacional. Al darse cuenta de su orfandad prefirieron retirarse de la contienda. La selección de dirigentes quedó deslegitimada.
Qué bueno que los priístas se declaran dispuestos a cambiar. Pero el asunto no se zanjaba con declaraciones, sino como relacionarlo con una genética que no se borraba de un plumazo. A fin de cuentas, la figura presidencial dentro del régimen había sido el centro instituido donde se arreglaban los consensos. Cierto que con el arribo del pluripartidismo se exigían redefiniciones debido a la cancelación del esquema PRI gobierno implícito en el nuevo juego político. Pero no se trataba de un salto al vacío. Si algunos priístas consideraban que el Presidente de la República ya no tenía la función de dar forma a los consensos, pero no se generaba un debate abierto que clarificara la instancia sustituta a las atribuciones extralegalales de la institución presidencial. Desgraciadamente el antizedillismo se asumía como algo personal, desentendido de la dimensión institucional, de las consecuencias. No sería raro que el epitafio del PRI fuera: No me liquidaron, me suicidé.
abril
En el Partido Revolucionario Institucional, la selección de presidente y secretario general, así como el arreglo de un nuevo Comité Ejecutivo Nacional, avanzaron un sesgo no favorablre a Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Roque Villanueva respecto a la nominación priísta a la presidencia en el dos mil. Que los cambios en el gabinete, con los nuevos secretarios del Trabajo y de Reforma Agraria, eran un ajuste con miras a la sucesión que fortalecían a Francisco Labastida Ochoa. Lectura rigurosa a las pautas del sistema político. Los dados estaban cargados. Ya sólo falta cambiar a los encargados de despacho en la PGR y en la amorfa SEMARNAP para dejar un gabinete metido de lleno en la política, a la vieja usanza, donde hasta Juan Ramón de la Fuente tenía la tarea de tomar de la mano a Cuauhtémoc Cárdenas para seguirle el paso.
El Partido de la Revolución Democrática tampoco mostraba una casa en orden. Tenía tres semanas de haber realizado el proceso de elección para definir a sus nuevos dirigentes y lo único seguro es que no eligieron nada, salvo el desprestigio de sus desconfianzas expuestas a la luz pública. A lo que se añadía, por si faltara más exhibición de miserias, el enfrentamiento entre Cárdenas y Muñoz Ledo. Se dieron con todo, calificándose mutuamente de mentirosos como si ese fuera su problema existencial, sin elevar su discusión, entre la inteligencia de barandilla y la del merolico. Como si el uso de la mentira fuera algo extraño a la actividad política. Eso era lo de menos cuando de mostrar mesura, razonamiento y respeto se convertía en la divisa de la actuación política de quien aspiraba a desempeñar encargos de Estado.
Continuando con el cuadro del desbarajuste, en el Partido Acción Nacional, que si bien últimamente había tenido el cuidado de no dirimir sus diferencias internas con excesiva exposición pública, las aguas no estaban ni bravas ni quietas, más bien estancadas. Luis Felipe Bravo Mena no daba color, en una gestión apocada en contraste con lo que correspondía al máximo líder del panismo. Opacado por la figura de Vicente Fox y sus amigos, la languidez de Bravo Mena alcanzaba a su partido. Con dirigentes parlamentarios que habían perdido brújula frente a sus pares en las cámaras. Con la pluma de Castillo Peraza infatigable en la crítica de sus adversarios, pero exhausta para dibujar mundos posibles.
Entre la estridente disputa política que movía la designación de candidatos presidenciales, había otras diferencias no menos importantes, como la que se daba entre el Gobierno - las autoridades hacendarias - y los banqueros durante la Convención Nacional Bancaria celebrada en Acapulco. El Gobierno exigió dinamizar el otorgamiento de préstamos al público. Los banqueros replicaron, exigieron mejor regulación en cuanto a las garantías para dar crédito. Una reunión diferente al pasado populista, cuando se verificaba un intercambio de elogios donde salía ganando la figura presidencial.
Pero eso no redituaba mauro interés. La pugna entre connotados perredistas por ganarse el premio Pinocho. Quién mentía más y mejor era una discusión irrelevante. Al final Cuauhtémoc Cárdenas reconoció la ocultación de su reunión con Carlos Salinas los días posteriores a las elecciones federales de 1988. Si así procedió no tiene nada de extraordinario ya que la secrecía fue condición para realizar tal reunión, obedeciendo a la confidencialidad de un acuerdo. Es un asunto de comportamiento político que no admite medirse con un rasero ético. Lo deturpable era el antisalinismo que el propio Cárdenas alentó para condenar todo acercamiento de los perredistas con el régimen, creando una imagen puritana de su propia conducción partidaria que, sin sustento, tarde o temprano tendría que desplomarse.
En otro terreno de confrontación, Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Roque Villanueva continuaban su polémica con el presidente del Partido Revolucionario Institucional, quien había dado dio inicio a la consulta con los consejos políticos estatales de su partido para definir las reglas que regirían la nominación del candidato del PRI a la Presidencia de la República. Los aspirantes inconformes pugnaban por no caer en el camino sin retorno de la disidencia que en su momento tomaron los priístas que se convirtieron en oposición. Lo endeble de su posición no estaba en su énfasis democratizador, sino en el hecho de que lo que ayer exaltaron y les dio puestos y honores, hoy les resultaba incomodo. Y ello sin explicar su conversión. Ninguno de los tres protestó el dedazo que les permitió acceder a puestos de elección popular a nombramientos del Ejecutivo. La realidad de la nominación había cambiado y no era asimilable punto por punto al esquema sucesorio que prevaleció hace más de veinte años. Pero tampoco se había dado el PRI la creatividad para allegarse nuevos mecanismos. Todos recelaban de todos. Con el presidente Zedillo, el tema de la sucesión se encontraba en el comentario de la prensa casi desde el día en que asumió la Presidencia. Los tapados estaban sobreexpuestos, destapados tiempo atrás. Cualquier decisión del Dr. Zedillo se encontraba acotada por reglas electorales menos rudimentarias, de mayor credibilidad democrática.
La lucha sucesoria había marcado el año. Cuauhtémoc Cárdenas puso en juego a plenitud, su calidad de líder nato del Partido de la Revolución Democrática para aplastar la presión y las aspiraciones de Porfirio Muñoz Ledo. Entre el desaire de uno y las descalificaciones del otro, en el PRD se sirvieron un platillo canibalesco de incierto provecho.
Aprovechando el impulso de las reuniones de José Antonio González Fernández con los consejos políticos estatales del Partido Revolucionario Institucional, Francisco Labastida fue a Sinaloa a placearse y mostrar sus intenciones futuristas. Miguel Alemán resultó más cuidadoso, mandó por delante a Fidel Herrera Beltrán para proponer su precandidatura, lo demás fue dejarse querer y proferir la frase que ya la era emblemática: si el pueblo lo quiere. Con la estrategia del caos, el presidente del PRI expuso los resultados de encuestas que ponían a la cabeza de las preferencias priístas al gobernador de Veracruz, seguido muy de cerca por el secretario de Gobernación. El golpe lo recibieron Bartlett, Madrazo y Roque. Efectuando el mismo numerito que le administró Alfredo del Mazo a JAGF para eliminarlo en la postulación para competir por el PRI en las elecciones de 1997 en la ciudad de México. Se repitía el error de privilegiar las encuestas en lugar de las ideas y los procedimientos. Mal parado quedó el discurso de la unidad.
Mientras, la precampaña de Vicente Fox era espabilada al abrirse el abanico. Pasó de ser el único a uno más.
La pirotecnia se mantenía alrededor del movimiento de estudiantes de la UNAM, y sus seguidores, en contra del aumento de cuotas. Una vez más la disputa en la UNAM se daba en el contecto de la sucesión adelantada. Con este conflicto el día de mañana se va escribir el éxito de Cárdenas o Labastida, o la derrota de ambos.
Resucitó el Bloque Opositor. Un asunto estrictamente político por cualquier lado que se le viera fue la reforma al Código Federal de Instituciones y Procesos Electorales que validó la alianza de fracciones parlamentarias opositoras en San Lázaro, en abierto desafío a la negativa del Partido Revolucionario Institucional. Reforma que el PRI quería de congelar con la mayoría que posee en la Cámara de Senadores, argumentando la falta de una reforma constitucional que le diera congruencia jurídica a los cambios de la ley. En el fondo, la reforma se enfocó a una flexibilización de las coaliciones que diera soporte a las candidaturas comunes con suma íntegra de los subsidios de los coaligados. Esto último no estaba permitido. La legislación imponía restricciones a las coaliciones, no las prohibía. La principal era que obliga a cualquier alianza a configurarse en torno al registro de un solo partido y sujetarse a su presupuesto.
mayo
Revelación política, así se podía calificar la actuación de Luis Felipe Bravo Mena, quien decidió despejar las dudas sobre su vocación de liderazgo, con arrojo sacó adelante la propuesta de su partido, Acción Nacional, sobre la creación del Instituto de Protección al Ahorro Bancario. Bravo Mena salvó escollos de sus compañeros diputados para culminar el acuerdo, que al retrasarse, impedía la puesta en marcha del IPAB en sustitución del Fobaproa, aún a costa del costo económico que ello representaría para los contribuyentes. Convenció a los líderes parlamentarios del PAN y se fue a la residencia del Presidente de la República para convenir los nombramientos de quienes estarían al frente del mencionado instituto. Pesó más el compromiso con la estabilización del sistema financiero que el combate a la pobreza. Sin previo aviso a los medios, y para sorpresa de muchos, en los primeros minutos del sábado primero de mayo se desbrozó la vía que garantizaba el saneamiento de la Banca a costa del erario. Paralelo al activismo de Bravo Mena, en esas horas también se decidió iniciar los trámites para operar un periodo extraordinario de sesiones en el Congreso, en el entendido de avanzar sobre complicados asuntos por legislar: la reforma al Cofipe y al sector eléctrico, entre otros. Alguien se había adelantado en la sucesión.
Ese mismo día primero de mayo, ocurrió en Los Pinos la reunión de Ernesto Zedillo con el Comité Ejecutivo Nacional del PRI y el Gabinete en pleno. Lo que se filtró de la reunión fue la aceptación de la tecnocracia - en voz de José Ángel Gurría - de las definiciones estatutarias y la declinación de su demanda de desaparecer los candados que impidían la nominación a la Presidencia de ese sector de la clase política dentro del gobierno. Sería la exclusión de la tecnocracia el anticipo de la división del PRI un año antes de las elecciones del 2000. En otra pista, la de distracción, la UNAM seguía acaparando la atención pública.
El sábado 15 de mayo, a convocatoria de José Narro Céspedes, dirigente del satelital Partido del Trabajo, reunió en la ciudad de Zacatecas un grupo de políticos para lanzar la propuesta de la Alianza Nacional Opositora. Desairado el encuentro por conspicuos invitados como Jesús Silva Herzog, la figura central fue Cuauhtémoc Cárdenas, seguido por Ricardo Monreal. El acto en sí no mereció la mayor relevancia informativa, lo que de ninguna manera se podía menospreciar. Recordar aquella nominación del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana en 1987, que fue la base formal para impulsar el torbellino del Frente Democrático Nacional. Esa estrategia la quería repetirCárdenas, sumar las aversiones y disidencias que se articuladas alrededor del Partido Revolucionario Institucional. Dividir al PRI era lo primero.
Llegó el lunes 17 con las esperadas reglas para elegir al candidato del PRI que contendería por la Presidencia de la República. Se aprobó la consulta abierta a militantes y simpatizantes. Con ello se introducía un mayor margen de incertidumbre respecto al pronóstico de quien sería el candidato. Si bien algunos opinadores, más bien muchos, daban como un destape irrevocable el de Francisco Labastida para contender por la Presidencia. Qué riesgosa era la simulación, pues ya no eran los mismos tiempos, el PRI ya no representaba esa gran alianza nacional donde se dirimían las diferencias. El pluralismo y una sociedad con mejor y más información acerca de la cosa pública, obligaron a lo que Francisco José Paoli denominó fundación del PRI como partido de verdad. El crecimiento de Roberto Madrazo en el pulso de la opinión no garantizaba la eficacia de supuestos dados cargados, en lo que Cárdenas Cruz consideraba la lucha entre zedillistas y priístas. En ese momento, la incertidumbre era mayor en el PRI que en los partidos opositores. Sorpresa sería que el ingeniero Cárdenas no fuera el candidato del Partido de la Revolución Democrática, quien sin votación de por medio ya se daba como candidato de ese partido, gracias a la cargada de diputados y funcionarios de ese instituto. También era muy difícil que alguien le quitara la posición a Vicente Fox como abanderado del Partido Acción Nacional, mucho antes de que se definieran nuevas reglas blanquiazules.
El problema sin resolver por el cónclave del lunes era de concepción y asunción. Eran las reglas plantadas en el PRI un acto de purificación, de contrición, o contenían además una estrategia de poder. Si era lo primero, el riesgo de división interna se multiplicaba porque cada una de las fuerzas contendientes trataría de mostrarse como la más pura y, consecuentemente, se sentiría compelida a ensuciar al adversario. Por esa ruta el PRI se dirigía a una derrota segura. Pero si se trataba de una estrategia de poder, consensada por los aspirantes con el presidente Zedillo, la situación sería distinta. ¿Se tenía entonces la conciencia de que el adversario a vencer estaba afuera? En la inteligencia de que la convocatoria hecha por el líder del PRI al formar las comisiones encargadas de conducir el proceso, tenían por objetivo bajar los acuerdos de arriba hacia el aparato partidista y asegurar la mayor eficacia de la cohesión y la acción. Entonces, y sólo entonces, el PRI tendría mejores condiciones para retener el poder.
Pero del otro lado no estaban baldados. La unión de la oposición con un candidato común podía ser el antídoto. No obstante, la mayor debilidad de la alianza se situaba en aferrarse en el objetivo de sacar al PRI de Los Pinos. El país no se merecía una contienda miras tan cortas. En marcha la competencia por la Presidencia de la República, las fuerzas en pugna se desdoblan para la contienda interna y externa.
En el PRI, Gutiérrez Barrios como encargado del proceso de consulta abierta a la ciudadanía se reunió con los aspirantes. Reuniones de cuya miga poco se supo, más allá de la foto y la posterior conferencia de prensa. Por lo pronto, los aspirantes priístas eran objeto del cortejo periodístico, que a su vez era medida de su fuerza. Considerando este aspecto, continuaba la especie de bufalada a favor de Francisco Labastida. En nada se parecía a la auténtica bufalada que propulsó la campaña de José López Portillo en 1975. Se trataba mas bien de un ritual de la cultura priísta que trascendía cualquier disposición normativa, un símbolo de identidad contra el cual no había candados. Pero sí recursos para contrarrestarla y así lo entendió Roberto Madrazo, quien seguía manteniendo presencia en los medios y foros diversos. Ni se abatía, ni lloriqueaba. Madrazo le entraba a la lotería de una elección abierta. Otra situación era la de Manuel Bartlett, que con enjundia se dedicaba a señalar los búfalos de Labastida. Por su parte, Humberto Roque se colocaba en el extremo rígido de las reglas y se condenaba a la inmovilidad y pérdida de presencia.
En el lado de la oposición el propósito de coalición se empañaba y es que la bufalada ya no era patente exclusiva de la cultura priísta. Se hablaba de una coalición sujeta a elecciones primarias que definieran un candidato común, mientras el Partido del Trabajo se adelantaba en su pretensión de nombrar su candidato a Cuauhtémoc Cárdenas, quien se dejaba querer. Acuciados tal vez por el acortamiento de los tiempos, el PT y Cárdenas se veía en la necesidad de contrarrestar la consolidación de Vicente Fox y el arranque de la competencia priísta, no querían quedarse estacionados hasta la realización de las primarias de la oposición. La reacción de Porfirio Muñoz Ledo fue inmediata, defendía los estatutos del PRD ante la complacencia de un presidente interino que observaba la bufalada cardenista. Otro afectado era Manuel Camacho, quien no podía ocultar su sorpresa. No se diga el efecto que tiene sobre el Partido Acción Nacional, que también hizo público su malestar.
junio
Aburrida se tornaba la disputa política cuando la claridad de los ataques deslumbraba tanto que no daba lugar a conjeturas. Tanta transparencia inútil. Embelesados todos los medios en la insidia y la descalificación interesada, el hartazgo de la democracia mediática anunciaba desencanto y la rendición ante el autoritarismo. Derruir lo construido en los últimos quince años era la consigna soterrada. Hacer una sociedad menos dependiente del regazo estatal, de mayor autonomía frente al Estado había pasado a segundo plano. Incapaces de la universalidad deseada, se tropezaba ante la interferencia de las exclusiones. No existía un ordenamiento legal que prohibiera las predilecciones políticas de Ernesto Zedillo, los intereses políticos de Carlos Salinas, la tercera postulación para contender por la presidencia de parte de Cuauhtémoc Cárdenas. Perdidos en lo anecdóticamente personal de los contendientes políticos, más allá de su caparazón de partido, los consensos de la convivencia democrática se resquebrajaban ante el empuje de servidumbres en vías de reinsertarse. El viejo orden no había muerto, sólo quedó guardado en el armario.
Ante la intransigencia estudiantil, en aquellos días Francisco Barnés puso la desavenencia en el abismo. Al retractarse de su propuesta original-frente a la incredulidad de los reporteros que asistieron a su conferencia el Rector planteó el enigma: ¿Qué sigue? En primer lugar, con la decisión de Barnés, profundizó la diferencia al interior del Consejo General de Huelga porque desanimó las posiciones proclives a la negociación y fortaleció, aparentemente, a la facción ultra. Desconcertó al sector de la opinión pública que estaba convencido de su propuesta. Para, finalmente, horrorizar a la sociedad sobre la fragilidad un orden institucional que no podía propiciar el diálogo. La escalada del todo o nada, del sí o no, que como toda lógica del plebiscito define como conclusión el fracaso de la negociación.
Cuestión de imaginarse, un manifestante sesentayochero tras treinta años de hibernación, despertando en el México de hoy con la memoria inmediata de los macanazos que le propinaron. Enfadado con la prensa vendida, nuestro personaje de ficción como el de la película El Bulto, no entendería como la televisión calificaba de inepto al gobierno de la ciudad y exigía la dimisión de su cabeza. Al preguntar por el Rector le informarían que los estudiantes lo habían desconocido. Del jefe de la policía le sorprendería enterarse que tal funcionario ni siquiera era cuestionado por los estudiantes. De sorpresa en sorpresa, el personaje imaginario se enteraría que la izquierda postuló a su candidato presidencial y que el PRI había convocado a una elección abierta para definir a su abanderado.
Sí, se estaba ante un México diferente que pasaba inadvertido ante los reflejos de una sociedad autoritaria, que demandaba el cambio sin tener ya la capacidad de aceptar, creer, lo que sucedía en su alrededor. Esa era la actitud de desconfianza, de incredulidad según Humberto Roque Villanueva. Con esta sensibilidad de la población, los cuatro aspirantes priístas que pretendían sustituir a Ernesto Zedillo y tomar la responsabilidad del Poder Ejecutivo, se reunieron con los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional y el encargado de conducir el proceso de elección, Fernando Gutiérrez Barrios. Concluida la reunión los cuatro precandidatos se presentaron ante los reporteros para expresar, de manera individual, un mismo compromiso de unidad. Como no intercambiaron leñazos, los periodistas de la fuente los despidieron con airada rechifla. Como si la tersa civilidad fuera incómoda. Luego vienen las quejas contra la violencia, la inseguridad, de que la política está hecha un relajo y ahora que el PRI se disponía a efectuar un proceso de selección con visos de transparencia no les creían. Así estaba contradictorio el fin de siglo mexicano.
En el panorama de los partidos políticos, de las tres fuerzas políticas más influyentes, tres eran las tonalidades de su presencia pública, que en la campaña por la gubernatura del Estado de México coincidían en el uso monocorde del marketing. En el ámbito nacional, por Acción Nacional destacaba la discreción de sus personajes, con la justificada excepción de Vicente Fox, quien se afianzaba para ganar la candidatura presidencial blanquiazul. A Fox ya no lo paraban dentro del PAN. Cancelada la alianza opositora, el PAN observaba los movimientos de sus adversarios que se batían en la pista de la diatriba.
El Partido de la Revolución Democrática enfrentaba a la problemática de albergar sectas, atenerse a sus reglas y seguir un líder moral. Complicado. Los esfuerzos por curar las heridas causadas por la fracasada elección de sus dirigentes no fueron suficientes. La pretendida planilla de unidad abortó con el engendro de una planilla unitaria informe. Tan mal parada quedó la cacareada unidad que en total se inscribieron 10 planillas. Era claro que según se diera la opinión de Cárdenas o de sus amanuenses favoritos, por ese camino se inclinaría la votación, así funciona la política mexicana, la tan denostada política de la línea. Trazada con tal torpeza equina, desde ya esa línea se dirigía a legitimar la candidatura perredista del Ingeniero. Los asambleístas del PRD, por su parte, ya se habían montado en la cargada. Mientras, la reposición del proceso de elección de dirigentes estaba en marcha.
Por otro lado, incursionando en el terreno de lo inédito el Partido Revolucionario Institucional profundizaba las reglas para elegir a su candidato a la Presidencia de la República. Increíblemente el proceso avanzaba, las diferencias de los precandidatos no se habían convertido en denuestos. Cada cual exhibiendo sus ventajas: Roque Villanueva sus dotes teatrales, Madrazo su prosapia partidista, Barttlet su antipanismo y Labastida sus adherentes. Con civilidad, los cuatro habían mostrado cortesía política. ¿Por cuánto tiempo se mantendría esta actuación?
Después de meses y meses en los que la disputa por la Presidencia de la República parecía un asunto de incumbencia exclusiva de la oposición, la "pasarela" priísta recolocaba al PRI en el interés público. Vicente Fox y Cuauhtémoc Cárdenas ya no estaban solos. Roberto Madrazo, Manuel Barttlet, Francisco Labastida y Humberto Roque Villanueva, en ese orden, iniciaron su exposición ante los sectores del PRI con el tema favorito de impugnación que tiene la oposición: el neoliberalismo. En realidad, lo que fue el verdadero interés común de los aspirantes fue la desigualdad social, la justicia. Para creerse. Roque Villanueva salió mejor librado en cuanto actuación, más desenvuelto que sus compañeros. Alguien totalmente ajeno a la política mexicana se hubiera quedado con esa impresión. Más allá de la "pasarela" fueron lamentables los golpes bajos, las facilidades para desarrollar en los medios la guerra subterránea.
Mientras, el Partido Acción Nacional mantenía la misma tónica, como si apostara más a los teleadictos que a los leeperiódicos.
julio
En Nayarit y el Estado de México se aprestaban a cumplir su fecha comicial. En el Estado de México, la elección por la gubernatura más debatida en estos días. No se discutió su legalidad sino la legitimidad, esto por la utilización de prácticas clientelares que a fin de cuentas resultaron comunes a todos los partidos concursantes. La victoria del Partido Revolucionario Institucional fue un triunfo de la dupla gobierno local / aparato partidista. Signo del reagrupamiento del PRI como fórmula para alcanzar los objetivos electorales. Para el Partido Acción Nacional, el resultado lo llevó al berrinche. En el Partido de la Revolución Democrática la situación fue distinta, la derrota reflejaba la limitada inserción de su candidato en la política mexiquense. En cambio, las elecciones de Nayarit dirigidas a renovar municipios, gobierno y congreso local, fue considerada la elección paradigmática para el triunfo de la coalición opositora en el dos mil. Junto con otros partidos, el PAN y el PRD se unieron para vencer al PRI, dispusieron de sus recursos y abdicaron de sus plataformas para entronizar a un cacique formado en la modalidad del político empresario. En realidad se trata de un espejismo inquietante. Primero, porque reflejó un modelo polarizante, semejante al sí o no plebiscitario, donde no cabe matiz. Segundo, en Nayarit se consumó la derrota de los partidos, que a querer o no, son los organismos asociados a la credibilidad de la democracia electoral. Tercero, representó la reivindicación del hombre providencial como eje de la conducción política.
En el PRI, inició el volado de las elecciones primarias perfilando dos contendientes en primera línea, Francisco Labastida y Roberto Madrazo. Ellos, precisamente ellos actuaron la esgrima verbal de la precampaña priísta. Se atacaron por el asunto de los topes de las precampañas. El hecho era visto con doble filo, por un lado desacreditaba la cohesión del PRI, por el otro le da credibilidad a la contienda. En el PRD, la disputa entre el verboso solitario de Porfirio Muñoz Ledo y el ungido por las sectas perredistas, Cuauhtémoc Cárdenas, no dejaban bien parada la cohesión perredista. Muñoz Ledo, quien había declarado no más ataques al PRD y su líder moral volvió al ataque. Pues como no, si el Ingeniero seguía impulsado por la cargada que planchaba cualquier otra aspiración perredista que no fuera él. En el PAN, se daban baños de pureza democrática con medias verdades en el Senado, mientras se divertían complacidos con los pleitos internos de sus adversarios, al fin que su candidato no tenía contendiente interno que lo espantara.
Así seguiría la tónica del mes, reiteración de lo comentado o más de lo mismo. Hasta dónde podían ser materia de interés los movimientos de los precandidatos a la Presidencia de la República en esta maratónica competencia. Competencia adelantada que algunos personajes han impuesto, que los partidos han terminado por aceptar y los ciudadanos tenían que padecer. Nadie podía asegurar que la salida del PRI de Los Pinos llevará a una mejor convivencia política, al contrario, las oposiciones no daban muestras plenas de una mejor salud pública. Tampoco la simple salida de los neoliberales del gobierno sería suficiente para combatir a fondo y en serio, sobre bases firmes, la pobreza.
Entretanto se registraron los cuatro precandidatos priístas dejando su sello propio hasta en la forma de la cargada: Madrazo, Roque Villanueva, Labastida y Barttlet, en riguroso orden de aparición.
Roberto fue el primero, con una disposición más bien disidente, ni dedazo, ni cargada, ni destapes. Esta característica combativa en sí misma tenía costos que se endosarían a la de su partido. Humberto fue el segundo en presentarse con su papel de coestelar, sin perder el sentido de la actuación adoptada con anterioridad, seguro de que aún perdiendo ganaba. Francisco siguió para el día miércoles, con un discurso de candidato expuesto sin gracia, ocasión para que la prensa lo criticara. Manuel cerró los registros con el sentido festivo de un carnaval, con un discurso y una actuación bien asesorada, aprovechó la ventaja de ser el último en registrarse.
El proceso se echó a andar, y pese a lo azaroso de su futuro, no eran despreciables las fuerzas que lo presionaban. En una circunstancia donde el otrora actor principal, el Presidente de la República, aparentemente había dejado el espacio a las distintas fuerzas del priísmo, con un árbitro de menor rango institucional, Fernando Gutiérrez Barrios asumiendo un papel que era presidencial. La novedad del proceso lo hacía delicado, para el trabajo de un sastre especialista en el zurcido invisible. La división era perceptible.
En paralelo al proceso político sucesorio, Michael Mackey presentó su reporte final sobre la auditoría del Fobaproa. El canadiense señaló la inadecuada supervisión del sistema bancario mexicano, los desajustes de la nacionalización de 1982 y los defectos a la hora de su reprivatización, los autopréstamos y la moratoria de miles de sujetos de crédito que cayeron en la figura de cartera vencida. De los más de 600 mil millones de pesos, 72 mil quedaron a revisión y sólo 6 mil quedaron en estricta condición de ilegalidad. Si hubo irregularidades estas se facilitaron por la maleabilidad de la ley.
agosto
Se anuncia la Alianza por México convocada por la oposición. Propuesta que su precariedad quedaba cifrada en ese momento hasta no definir de manera incontrovertible su candidato presidencial y las seguridades de sus propuestas. El principal escollo de esta coalición era su escasa formalización, la carencia de acuerdos puntuales, máxime considerando que las dos principales fuerzas convocantes de la alianza se encontraban avasalladas por el caudillismo. Por un lado, Vicente Fox, en su lucha por conquistar la candidatura del Partido Acción Nacional terminó por poner en aprietos a su partido al animar la alianza opositora cuando era él precandidato mejor posicionado por todas las encuestas. Además de arriesgar una alianza sin una consulta consistente de la base panista. Se trataba ya de la subordinación del PAN a Vicente Fox y no al revés. Era muy posible que el panismo arraigado del Bajío o de Nuevo León, le diera la espalda a la coalición si Fox no lograba encabezarla.
En el otro extremo, Cuauhtémoc Cárdenas estaba de pláceme por el triunfo de su candidata Amalia García para presidir la dirección nacional del Partido de la Revolución Democrática. No importaba ya que lo vicido del proceso de selección - todos los partidos en su interior son por naturaleza autoritarios- lo políticamente valiosos era que el PRD tenía la cohesión que le infundía su líder moral. A fin de cuentas la democracia se le podría exigir a los adversarios, pero no a los de casa. La planilla cuauhtemista ganó en un desairado proceso electoral donde la cuarta parte de los que se dicen perredistas acudió a las urnas (500 mil de 2 millones de afiliados)
En el Partido Revolucionario Institucional no las cosas no andaban mejor. Pese a las buenas intenciones de civilidad, los ataques entre dos de sus principales precandidatos reportaban como su primera víctima al mismo PRI ¿Con qué prestigió podría llegar a las elecciones del dos mil quien resultara ganador? En una contienda donde hasta ahora la movilización propulsada por el aparato partidista era contrarrestada por la participación de los medios. Nada estaba asegurado para nadie. En la confusión, la propuesta o el discurso de los procesos internos quedaban rebasados por los medios, impidiendo conocer no sólo lo que ofrecían los diferentes prospectos, así fueran del sistema o de la oposición, hasta desconocer las mejores fibras de su calidad humana. Los medios habían decidido ser protagonistas, sobre todo en el caso de los medios electrónicos y en especial de la radio, donde la información queda atrapada en la editorialización, o en estado de ánimo que se promovía. Si los medios se imponían, justo es reconocer que esto se posibilitó porque los mismo actores políticos han correteado a los medios para que los magnifiquen o para devaluar a sus adversarios, no importando que la elaboración de propuesta sea nula.
Eso sí, los aspirantes se iban por la fácil, limitándose a condenar el neoliberalismo y lamentar la pobreza de cuarenta millones de mexicanos, esta era, con sus matices, la coincidencia de todos los aspirantes a suceder a Ernesto Zedillo. La verdad era que la política social de la próxima administración federal, independientemente del ganador, ya no se compondría de un listado de bienes y servicios a suministrar por el Estado. Sería ineludible una fina articulación de políticas, del presupuesto de universales sin los cuales no se podría concretar una política social exitosa. Partiendo de la definición de una política económica que contribuya a la generación de riqueza garante de un crecimiento sostenido. Le sigue una política fiscal que no podía ya evadir la reforma tributaria, pero que todos los partidos negaban en los hechos, incluso en tiempos de una mayoría opositora en la Cámara de Diputados. Un tercer componente de una política social exitosa se establece con una sólida política anticorrupción que clausurara el desvío de los recursos públicos. En este asunto los aspirantes no han esmerado su propuesta.
Así las cosas, la contienda en el Partido Revolucionario Institucional continuaba como una lucha de técnicos contra rudos, sin alcanzar el nivel de contienda político discursiva. Ahí estaban los desaciertos del coordinador de campaña de Francisco Labastida que amenazaba con desnudar la verdadera personalidad de Roberto Madrazo. Lo cierto era que Madrazo se posicionaba de franjas adictas al priísmo sin exponer razones de peso para fortalecer al Estado y a la sociedad mexicanos. Su propaganda, más que campaña, se basaba adoptando el papel del entrón, del guapo, pero también de víctima del sistema, del débil frente al sistema. Y se vino la casi unánime descalificación a Esteban Moctezuma por sus opiniones acerca de la corrupción de Roberto Madrazo. Cierto que Moctezuma entró a etiquetar a Madrazo y estremeció su paso ascendente. Por primera vez Francisco Labastida se situó por arriba del tabasqueño en encuestas. Pero no sólo en ese caso resultó impactada la precampaña de Roberto Madrazo, Cuauhtémoc Cárdenas fue a Tabasco y logró una considerable movilización en la tierra del precandidato priísta. Al auxilio del Tabasqueño tuvo que intervenir su propio publicista, Carlos Alazraki, quien calificó, sin más, de imbécil al coordinador labastidista.
Los pasos de la alianza opositora se atoraba en el conflicto de personalidades, para bien de la República. Y no era para menos. En este país, donde los partidos están desprestigiados, una coalición no contribuye al fortalecimiento del sistema de partidos, más bien – lo advertía Castillo Peraza- la coalición sería la creación de un poder que gobierne otros setenta años al país, como lo fue la coalición fundadora del Partido Nacional Revolucionario. En su dificultad para asumir sus responsabilidades, los partidos apelan a los ciudadanos para decidir a sus candidatos. Hasta el PRI está en esa condición. Un asunto que es propio de su vida interna, como lo es la proposición de gobernantes y representantes populares, la trasladan a la ciudadanía porque no tienen confianza en sus respectivos institutos, hasta los panistas aliancistas caían en esa falta de asunción de responsabilidades.
El marketing se había colocado en el centro de las precampañas y, consecuentemente, la disposición de recursos para costearlas. Ahí estaba el caso de Vicente Fox quien tenía un adeudo de ocho millones de pesos en la organización de su club de amigos y requería ya la aportación de su partido para entrar al quite si no querían que por falta de anuncios su precampaña comenzara a declinar. Otro caso era el de su competidor para ganar la postulación de la alianza opositora, el ingeniero Cárdenas, que había decidido echar mano de los recursos públicos para promocionarse y despuntar en la como el que más gastaba en publicidad. Además de ponerle billete a su promoción en radio y televisión el ingeniero Cárdenas relizaba movilizaciones en capitales de los estados de la República. Cárdenas iba a lo suyo, las reuniones multitudinarias. En el camino, el resucitado Partido Auténtico de la Revolución Mexicana ofrecía su candidatura a Porfirio Muñoz Ledo.
En el extremo blanquiazul de la pretendida alianza, a Vicente Fox, por su perfil populista, le urgía concretar una coalición opositora que le diera soporte a su candidatura, sin ella tendría que amoldarse a las exigencias de una estructura doctrinaria consolidada como la del Partido Acción Nacional. Fox estaría obligado a reducir sus excesos verbales para no atentar contra su propio partido.

septiembre
Días de nostalgia, así se podrían definir los comentarios de columnas y de la opinión en general en la víspera del Quinto Informe de Gobierno del presidente Zedillo. La añoranza de tiempos idos se impuso sobre la realidad, salvo la excepción lúcida del último Presidente de la Revolución Mexicana, quien entrevistado por el semanario Milenio, declaró a Zedillo como el Presidente que acabó con el viejo presidencialismo.
El Quinto Informe como el pináculo, la cima y el éxtasis del poder presidencial, no fue así la administración de Zedillo. Esta variación fue clara desde el principio de la alocución presidencial, aunque el inconsciente colectivo se resistía a aceptarlo. Todos los acostumbrados al viejo orden, esperaban ver reproducida una ceremonia a la vieja usanza: promesas mesiánicas, Presidencia apabullante y la teatralidad de un tlatoani en la plenitud del poder. No fueron suficientes las ceremonias presididas por Zedillo para percatarse el auditorio de que ese no era su estilo.
El titular del Ejecutivo volvió a lo suyo, la exposición en tres trazos: política social, economía y democracia, aludiendo los conflictos de la coyuntura sin nombrarlos. Omitiendo, sí, el tema de las reformas pendientes, haciendo un cierre de administración que se concentró en las seguridades de la estabilidad económica. Presentando cifras en contraste con las ofrecidas en 1994, el último año de Carlos Salinas. Otra vez, el presidente Zedillo se sujetó a una exposición que no excediera la hora, dando cifras puntuales de lo que son sus logros y reconociendo lo no alcanzado. Zedillo discurseó por encima de un auditorio en espera del ademán autoritario y de la oferta populachera. En los viejos tiempos se anunciaba el aumento de los salarios para los obreros, el incremento de los precios de garantía para los productos del campo y las subvenciones para los empresarios.
Durante la exposición, el presidente del Congreso en turno, el panista Carlos Medina Plasencia, logró someter las interpelaciones fuera de programa. Todo seguía el tono zedilleano y así concluyó el mensaje presidencial. Vino la contestación del hijo predilecto de Lagos de Moreno, ex gobernador concertacesionado para el estado de Guanajuato. Y aquello fue traspié tras traspié, discurso fuera de lugar que llegó a ser considerado, en las apreciaciones más delirantes, la apoteosis de lo republicano. Medina Plasencia sustituyó la respuesta por la estructuración de una diatriba, según él para no caer en el discurso zalamero, como si le contestara a un Presidente populista de diecisiete años atrás. Acusó de incumplimiento precisamente en el hecho más conspicuo de la actual administración, la comunicación entre el Ejecutivo y el Legislativo. No había sido un intercambio terso entre Poderes pero no fue improductivo. Allí comenzó el griterío, el resoplido de improperios, la ultra parlamentaria. En el descontrol que exhibía la incompetencia del encargado de la casa, éste calificó de incompetente al gobierno federal y a sus funcionarios. Ya enfundados los guantes, en su audacia ingenua, se puso a enumerar las 'omisiones' del presidente Zedillo, para cambiar el día del Presidente en el día del diputado, según Reforma.
Y el Dr. Zedillo observaba, a veces dibujaba una sonrisa, entretenido con el sainete de los que se ostentan como políticos de pura sepa. Esperando que el panista concluyera su exposición. Acto seguido, el Presidente de la República se despidió de anfitriones y de invitados, que como señor de las cifras y regateada su condición de Jefe de Estado, dio una lección de civilidad y cortesía al colectivo Mosh parlamentario. El Presidente de la República se situaba distante del protagonismo institucional para él reservado.
Después del informe se hizo el último intento gubernamental para avanzar en la conclusión del conflicto de Chiapas, la salida l levantamiento de la Selva Lacandona. El secretario de Gobernación, Diódoro Carrasco, presentó en carta abierta el pliego de puntos para reiniciar el diálogo directo sin intermediarios de ser necesario. El gobierno estaba dispuesto a rediscutir las diferencias entre el texto de San Andrés Larráinzar y la propuesta de Ley Indígena planteada al Congreso por el Ejecutivo a fines de 1995. La propuesta presidencial al menos tenía el apoyo de la iglesia y fue discutida con miembros de la Cocopa, entre otros. El gesto fue inútil.
Por lo que se refiere a las definiciones, se dio la postulación de Cuauhtémoc Cárdenas como aspirante del PRD a la Presidencia de la República. Con ello quedó cancelado el proyecto de la coalición entre los dos partidos de oposición de mayor presencia en el país. En un acto celebrado el domingo en el Auditorio Nacional, Cárdenas desplazó por fin la figura de su principal contrincante interno, el diputado Muñoz Ledo. Ante un público que hacía indistinguible la línea divisoria entre la militancia perredista y la nómina del gobierno de la ciudad. Cárdenas y el PRD iban solos, sin el Partido Acción Nacional. Y para hacerlo más evidente, el Ingeniero llamó cabeza hueca a Vicente Fox y declaró sin autoridad moral a Medina Plasencia para criticar al régimen. Rota la alianza, se ganó la posibilidad de presenciar contiendas políticas plurales, con plataformas definidas.
El miércoles 10 fue el día del debate entre precandidatos priístas, tan constreñido por las reglas, que más pareció una presentación de propuestas enlistadas, como para evitar un rotundo ganador. Los precandidatos hicieron su declaración de fe a favor de los pobres sin decir claramente cómo combatir a la pobreza. Los cuatro, de manera unánime, se olvidaron de la reivindicación de la economía de mercado y de la globalización de la que tanto se había encomiado en los últimos años. Tan contundente fue la omisión que las cúpulas empresariales declararon necesario otro debate, según lo consignó Excélsior. No se mencionó al Presidente, lo cual era indicativo del acotamiento simbólico del presidencialismo mexicano. Tampoco reivindicaron la Revolución Mexicana. Se señalaron problemas a resolver en disertaciones que tuvieron poco espacio a la defensa de valores.
Manuel Barttlet fue el que, con un discurso geométrico, enseñó tener una idea del Estado. Idea que desgraciadamente no redondeo al menospreciar su contenido democrático. Refrendó al Estado autoritario; Francisco Labastida, sobre asesorado por los hacedores de imagen, ofreció la tranquilidad del cambio sin ruptura, aunque se quedo en el esquema de político administrador; Roberto Madrazo reeditó sus spots en forma de cortometraje, llegó para romper una de las reglas de este encuentro: no hacer ataques personales, lo que sirvió para darle credibilidad al debate, aunque fuera a costa de descalificar su propia palabra. Él fue el que puso en el centro de la discordia a Carlos Salinas de Gortari; Roque Villanueva se mostró como el promotor de los cambios a la ley y enseñó un bajo perfil en lo que debió ser su mayor apuesta, sus planteamientos sobre la economía.
Al otro día se dio en los diarios la guerra de sondeos de opinión. La mayoría de los rotativos resaltó la confrontación entre Labastida y Madrazo. La mejor interpretación del teatro priísta a cargo del columnista Julio Hernández López: el debate como espacio de confrontación entre Zedillo y Salinas.
Del lado del atorón se encontraba el Poder Legislativo, del cual su mayoría opositora en la Cámara de Diputados decidió no entrarle al debate y resolución sobre las propuestas del Ejecutivo en materia de la reforma al sector eléctrico y de ley indígena. Las propuestas no pasarán en este periodo ordinario, así lo expresó el representante del ala más moderada en el Congreso, el diputado panista Paoli Bolio. Faltaba saber en beneficio de qué o de quiénes. Si con ello se pretendía allanarse el camino para sacar al Partido Revolucionario Institucional de Los Pinos, el beneficio, a futuro, pudiera no ser tal.
Respecto a los cambios constitucionales que flexibilicen aún más la participación privada en el sector eléctrico, sus opositores no respondieron a la justificación del Ejecutivo, que ante la escasez de recursos públicos preveía una mayor apertura para mantener la capacidad de atender la demanda de energía del país. El problema no era de la actual administración, sino de las futuras generaciones. Por otra parte, la negativa a modificar la zedillista Ley Indígena, después de la disposición expresada por el secretario de Gobernación de rediscutir el quince por ciento de la propuesta del Ejecutivo, mantendría el conflicto como herencia de la próxima administración ¿Con estos dos asuntos a cuestas la oposición aspiraba a gobernar en el dos mil?
Del lado del PRI estaban más interesados en sus primarias. Arturo Núñez, coordinador de la fracción priísta en la Cámara de Diputados, reconocía la posibilidad de ruptura dentro de su partido si la contienda para definir candidato presidencial no salía de la mecánica de los ataques. A esta consideración se añadía la descalificación que de Fernando Gutiérrez Barrios, encargado de conducir el proceso de selección del candidato priísta, hicieron los precandidatos Manuel Barttlet y Humberto Roque Villanueva. Precisamente los aspirantes que después del debate no lograron repuntar en las preferencias y se quedaron rezagados, en una contienda que se daba ya entre dos.
En el PAN estaba por definirse a la persona que sería su candidato presidencial. Vicente Fox hizo esfuerzos por demostrar hasta donde era un actor político completo, más allá del despliegue de payasadas. La verdad, Fox no salió de las rutinas prestablecidas. El día previo a la elección semiabierta promovida por su partido para ungir a su candidato a la Presidencia, el gobernador con licencia del estado de Guanajuato se presentó sin propuesta digna de mencionar, lo que trata de sustituir con el estandarte de la Virgen de Guadalupe (preocupante la falta de discurso, más que la presumible infracción de la legislación electoral) Todavía peor, confundió su campaña con la gesta de independencia de 1810 y el movimiento de los Cristeros de 1926, ignorando el proceso cívico-político con el que supuestamente se encontrabaa comprometido. Tanta revoltura de imágenes era de preocupar. Ningún actor de relevancia lo secundó en su puesta en escena, ni la misma iglesia católica. Para devolverlo a la realidad, Fox tuvo que tragarse un deslucido acto comicial que lo confirmó como candidato del Partido Acción Nacional. Alrededor de 120 mil panistas votaron por su postulación. El cuarenta por ciento del padrón de militantes panistas en el país. Muy desinflado se vio Fox con esa votación, pero servía para medir la fuerza del PAN a mediados de septiembre de 1999.
En medio de este foro, apareció el presidente Zedillo como orador en la ceremonia previa al desfile del 16 de septiembre, ubicándose aparentemente por encima de las disputas y con el ánimo de recordar a los contendientes la obligación de todos a no desandar el camino de la ley y su compromiso con la democracia. Verdadera terrenalidad de la discusión teórica sobre la autonomía relativa del Estado, ejecutada por el economista Presidente.
El protagonismo de los medios crecía frente a una oposición y un oficialismo divididos. Sin esclarecerse los proyectos que pudieran ofrecer algo más que una cruzada antineoliberal. La boda no se dio entre el PAN y el PRD. El consejo ciudadano encargado de facilitar el maridaje no encontró la fórmula conciliadora, disfrazó la propuesta de elección primaria del Partido de la Revolución Democrática con el nombre de consulta, aderezandola con la propuesta de Acción nacional de realizar encuestas de salida. Al PAN le cargaron la culpa del fracaso de la alianza y no le sería fácil quitarse el estigma, sobre todo cuando no contaba con la cantidad de opinadores a su favor, además de tener el problema de un candidato que se desarrolló más como un candidato alterno que como producto de una genuina competencia interna. Su problema del momento era mantener bajo control a su candidato Vicente Fox.
Donde tampoco se enderezó el camino fue en la disputa entre Madrazo y Labastida. La comunicación parecía rota. La invitación pública del sinaloense para reunirse con su principal adversario priísta nunca iba a tener el sí, por la sencilla razón de que Madrazo no estaba dispuesto a aceptar una propuesta que lo desequilibró y que de aceptar lo ponía a las órdenes de Labastida.
octubre
El Estado democrático iba quedando por fuera de la actual disputa política. Sin sistema de partidos consolidado y con medios de comunicación que eran utilizados más allá de su función meramente informativa, tarde o temprano se desgastaría la larga transición llevando hacia una democracia inhabitable.
Las elecciones del estado de Coahuila fueron prodigas en el señalamiento de lecciones para el Partido Revolucionario Institucional, en particular se insistió en la bondad del método de selección por la vía de elecciones primarias. Esto no era contundente y podía resultar un espejismo. Lo verdaderamente medular en la Victoria de Enrique Martónez se encontraba en la complementariedad del binomio partido-gobierno. En Coahuila no estuvieron confrontados o distanciados, como en Zacatecas o Tlaxcala, Aguascalientes o Querétaro. En otros términos, la clase política local no estaba dividida entre la gente del gobernador y la gente del Presidente o de ésta con la del partido . Esta configuración era una muestra de lo que sucedía en el ámbito nacional dentro de las primarias del PRI. La confrontación entre la clase política formada en el aparato de la administración pública y el segmento que creció en el desempeño de actividades partidistas o de los sectores. Prácticamente, durante toda la trayectoria del partido oficial, el juego sucesorio señaló a un miembro del gabinete presidencial como el depositario del relevo del Poder Ejecutivo. La experiencia partidista siempre quedó en segundo plano. Y fue desde la nominación de Miguel De la Madrid que se acrecentó la soterrada pugna entre los actores del aparato gubernamental y los del partido. Desde ese entonces, los segundos quedaban aun más relegados en sus oportunidades para acceder a posiciones políticas dentro del gabinete.
Lo importante de elucidar era la necesaria ubicación del político de partido del político funcionario gubernamental. La antigua consideración autoritaria de que para ser funcionario público era obligada la militancia al partido oficial se quebró con la modernización neoliberal. Y en ese momento queda especificada la pertinencia de cada actor, habida cuenta no todo actor formado al calor la actividad partidista era un buen funcionario, ni a la inversa, quien se formaba en la administración no se desarrollaba como cuadro partidista. La modernidad del Estado se fortalece con su relativa despartidización, condición que sería favorecida de regir el servicio civil de carrera como componente de estabilización democrática.
Las elecciones de Coahuila también dejó sus lecciones al Partido Acción Nacional. El PAN era el gran perdedor. Distraídos por la alianza nacional opositora y atrapados en la candidatura de Vicente Fox, en Coahuila el PAN encabezó una alianza que fracasó, no sólo por el desinterés ciudadano en la propia alianza, sino por el desarraigo de su candidato. Acción Nacional desdeñaba una estrategia de crecimiento y penetración de su aparato partidista por todo el territorio nacional, la cual sería complemento indispensable si quería realmente gobernar al país entero.
Mientras, el Partido de la Revolución Democrática tenía sus propias tribulaciones al pasar de ser un partido opositor más a la posibilidad de convertirse en partido gobernante. La dialéctica partido movimiento que definió la estrategia de Andrés Manuel López Obrador cuando fue dirigente del PRD, encontraba oportunidad para la sublimación o la quiebra. La oposición entre la izquierda política y la izquierda social, entre quienes burocratizados privilegiaban la negociación como valor de la política y quienes se centraban en la movilización para alcanzar objetivos, ambas sin mostrar mayor preocupación por fortalecer la institucionalidad de una propuesta de izquierda.
En octubre, las precandidaturas rumbo al dos mil tuvieron como centro de atención la áspera disputa entre Francisco Labastida y Roberto Madrazo. Desaparecida la posibilidad de la alianza opositora entre el PRD y el PAN, se desinfló ese gran escaparate, lo que de momento disminuyó el interés periodístico en el proselitismo de Cuauhtémoc Cárdenas y de Vicente Fox.
Roberto Madrazo continuó con su agresiva campaña publicitaria basada en descalificar a Francisco Labastida, decidido a no cambiar de estrategia aunque ya no le rindiera los mismos dividendos del inicio de su campaña. Tan era así, que exigía la renuncia temporal de José Antonio González Fernández, presidente nacional del PRI. El tabasqueño desconocía el proceso de agregación política común a las prácticas priístas y del cual en el pasado se benefició, el alineamiento natural hacia quien se intuye como el «candidato oficial». Madrazo acusaba a distintos priístas que en tanto autoridades, legisladores y funcionarios del PRI que no habían mostrado una conducta imparcial. Demanda de renuncia que recibió la simpatía Manuel Bartlett y Humberto Roque, los aspirantes rezagados de la competencia priísta.
Por su parte, Labastida dejaba de lado la confrontación le ofrecía el gobernador con licencia de Tabasco y seguía en la ruta de reagrupar a la clase política priísta en su calidad de virtual candidato oficial. Hacía declaraciones fuertes sobre el conflicto en la UNAM y la guerrilla del sureste. Del primero afirmaba que el movimiento estudiantil estaba infiltrado por el EPR. Del EZLN consideraba que sólo se sentaría a negociar la paz hasta después del proceso electoral del próximo verano. Muy costoso sería para el sinaloense baladronear.
En este ambiente, el papel de las sociedades intermedias dejaba mucho que desear: el caso de los partidos políticos que jugaban a la partidocracia, y el caso de los medios de comunicación que jugaban a la mediocracia. La insuficiencia de estas sociedades intermedias para ser conductos eficaces entre la sociedad política y la sociedad civil era sido subsanada, por llamarlo de alguna manera, por la diáspora anárquica de las organizaciones ciudadanas que recolectaban la inconformidad producida por la inadecuación entre legalidad y justicia efectiva, que se expresaba en la desigualdad social e inseguridad pública. Organizaciones no gubernamentales o antigubernamentales, acotadas en la denuncia, se agregaban a la sensación de desgobierno y desesperanza que parecía inundar a la sociedad e impidía reconocer la dilatada transformación de México, de las seguridades del autoritarismo sacudidas en 1968 hasta las incertidumbres de una sociedad abierta y de contrastes.
Por eso resultaba contrastante la presentación de las plataformas políticas de los precandidatos priístas, ante el pleno del consejo político nacional del Partido Revolucionario Institucional. Un acto que se enfocó a promover la lealtad de los contendientes para con su partido en el espejismo de unidad por sobre la propuesta. En ese afán, los planteamientos parecieron inocuos y faltos de audacia, nada para comentar por su novedad ¿Dónde está la verdadera cara de los priístas? En los actos oficiales o en los promocionales de radio y televisión
Por su parte, en el Partido de la Revolución Democrática se mostraban las ambiciones oportunistas cuando todo parecía estar bajo el control del Ingeniero Cárdenas y sin figura que le hiciera sombra, pues Muñoz Ledo había anunciado su renuncia al PRD. Con desparpajo, el gobernador de Zacatecas, comentó su reunión con el precandidato priísta Roberto Madrazo. Sin más, Ricardo Monreal anunció la fractura del PRI y la oportunidad del PRD para recoger los dos millones de votos, que según él, representaba la corriente de Madrazo. El PRD tenía que mostrase más bien como un partido con definición propia, deslindarse de todo aquello que lo ha impedido un partido moderno ¿Hasta cuándo el PRD dejará su disposición a vivir de las escisiones del PRI? Por lo pronto, Cuauhtémoc Cárdenas tomaba de protesta de como candidato a la Presidencia de la República del PRD en Acapulco. Toma de protesta que se redundaría en la ciudad de México bajo las siglas del PT.
Mientras, en el PAN se responsabilizaban de la campaña de Vicente Fox. Luis Felipe Bravo Mena también aprovechó la disputa priísta para declarar las puertas abiertas del blanquiazul para quien defeccionara del partido oficial. Considerando el argumento de que todo priísta que abandona su partido para incorporarse a la oposición por ese hecho era beneficiario de una supuesta purificación democrática. Cuando en realidad todo priísta que decide abandonar su instituto lo hace no sólo con su capital político, así sea este exiguo o simbólico, también lo acompañan sus frustraciones y sus vicios.
noviembre
Sorpresa, disgusto, satisfacción, desconcierto, fueron algunas de las reacciones anímicas que se produjeron al final de la consulta priísta del domingo 7 de noviembre. Por la noche se avanzaron los resultados de las encuestas patrocinadas por la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión. Dos horas más tarde, Fernando Gutiérrez Barrios, en su calidad de encargado de la comisión del PRI responsable de estas elecciones primarias, daba los primeros resultados arrojados por el PREP. Las dos fuentes coincidieron: triunfo holgado de Francisco Labastida.
Todos los enterados e interesados especularon unos resultados más reñidos que en los hechos no fueron así. La causa de esta especulación tenía su variada fuente de alimentación: El tono de las precampañas donde las propuestas, en la medida que se dieron, estuvieron empañadas por los ataques personales envueltos en la publicidad y en las filtraciones a los medios; El deseo de la oposición - partidos y opinadores - de usufructuar una posible ruptura en el PRI; la real disputa entre el presidente Zedillo y el ex presidente Salinas.
¿Por qué la realidad contradijo el pronóstico que se esparció en el ambiente previo a la consulta? Independientemente o a pesar de las campañas, de la publicidad, de las inducciones, del sistema, cerca de diez millones de personas salieron a votar en esta consulta abierta para militantes priístas y ciudadanos ¿Por qué lo hicieron? No se trató de un reparto de camisetas. Esta era la pregunta que no tenía respuesta concluyente. A falta de ello se daban dos aproximaciones:
La consulta fue concurrida porque el proceso imprimió confianza a los consultados, quien votó lo hizo en el entendido de que existían garantías suficientes para un proceso limpio; Con este ejercicio los ciudadanos consultados reivindicaron el método electoral como procedimiento legítimo para definir asuntos públicos. Dijeron no a los procedimientos cupulares, no a la confrontación violenta.
Otro aspecto interesante fue la expulsión virtual de Carlos Salinas del PRI instruida por Francisco Labastida en su discurso de la victoria, lo que confirmaba la disputa real apuntada arriba. En los hechos la clase política priísta no había fumado la pipa de la paz, aunque las elecciones primarias arrojaran nuevos arreglos. La emergencia no había concluido. Con la candidatura priísta en sus manos, Francisco Labastida concluía un juego e iniciaba otra etapa con un respaldo tremendo. Todo se reducía a no marearse desde la cúspide, alejarse de la autocomplacencia y la arrogancia eran su imperativo categórico. Pues en la democracia real, el veredicto ciudadano no se repite siempre en la misma proporción y sentido.
Sólo en el autoritarismo los procesos se dan con más pena que gloria. Así ocurrió en el PRD cuando eligió a Andrés Manuel López Obrador como su candidato al gobierno de la ciudad de México. Como en el viejo régimen, el peso del aparato se impuso. El aspirante con menos días de campaña y sin propaganda desplegada en las calles ganó la postulación. Eso es prestidigitación.
El mes de noviembre dejaba un contraste de luz y sombras. El viejo sistema y su partido tan campantes y juveniles, la oposición por el contrario, achacosa y desgarrada en su hoguera de vanidades. Los efectos del domingo siete. El sábado veinte rindió protesta como candidato presidencial Francisco Labastida Ochoa, en un acto donde la estrella principal, el ungido, sobresalió no por sus dotes histriónicas, sino por la frialdad casi robótica de los asistentes apremiados por el imperativo de mostrar un priísmo unido, propósito que en ese acto no se colmó por la inasistencia de Roberto Madrazo. Un aparente cierre de filas se alcanzó lunes 22 en un pequeño desplegado de un cuarto de página. En el apoyo a Labastida se suman todos los ex presidentes, excepto Carlos Salinas. El jueves por la noche se consumó la llamada operación cicatriz. En Los Pinos, el Presidente reunió a Labastida y a Madrazo. Por fin, los adversarios se dieron el abrazo de la unidad y de la temida fractura sólo quedó una fisura en la muñeca de Roberto, adecuadamente atendida con un cabestrillo visible para todo el público.
Enfrente, la oposición que había hecho cuentas sobre la base de una supuesta división del PRI, inició, por el contrario, el camino de la desunión. Manuel Camacho Solís anunciaba su candidatura a la presidencia desde la plataforma del PCD. Sorprendió al PRD que no esperaba tal deserción de las filas de la alianza, precisamente del personaje que había sido su impulsor primigenio.
diciembre
La reunión de Los Pinos allanó el camino para la salida de José Antonio González Fernández de la presidencia del PRI y el arribo de Dulce María Sauri a ese puesto. En la búsqueda de oportunidades Esteban Moctezuma nuevamente fue agraciado, ocupó la vacante en la secretaría general del partido oficial y Emilio Gamboa fue nombrado por el consejo político nacional coordinador de campaña. Labastida. Antes de esto, Roberto Madrazo había regresado a la gubernatura de Tabasco.
Nunca ha sido suficiente insistir que la democracia no es la mejor cara de los partidos. En todo el mundo es así. Es su vida privada, por decirlo de alguna manera, y como tal no constituiría noticia política. Pero los cambios en el PRI se descalificaron como un acto más del sistema presidencialista, el jefe nato decidió los cambios. Pero el asunto no era tan exclusivo. A poco el PRD no tenía dueño, o Convergencia Democrática o el PCD, que son partidos con dueño antes de ser partidos con reglas. El Partido de Acción Nacional que podría ser y es la excepción, aunque en ese tiempo ya se encontraba ayuntado y a remolque de la figura de Vicente Fox.
Pero el asunto no fue tan sencillo, los cambios en el PRI no fueron un presidencialazo sin más. No fue una decisión unilateral del presidente Zedillo, los cambios en la dirigencia del PRI fueron resultado de una negociación interna y su fuerza dependería del número de los involucrados y del peso de las exclusiones.
Se terminaba el año y los signos de cansancio se dibujan en el ambiente político, improductividad del oficio político y escasez de certidumbres. Varias eran las aristas que coincidían en esta visión negativa. Primero estaban por delante largas campañas. Los principales protagonistas, obligados a decir tanto, que para mayo del año que entra seguramente su discurso quedaría vacío. Desde ahora difícilmente se podrán recordar sus diez planteamientos más importantes. Un futuro de promesas incumplidas se oteaba en el horizonte.
De no ponerse límites al exhibicionismo se acabarían la democracia antes del canto de un gallo. Se atribuía esta desproporción de tiempos y danza de dineros en campaña a la desconfianza de las elecciones del pasado, incurriendo ahora en un derroche de recursos que nada tenía que ver con una democracia efectiva.
La clave o el consenso para comprender la democracia mexicana, con organismos autónomos para conducir los procesos electorales, sería que el mandato ciudadano a través del voto se afirmaría como el mecanismo por excelencia para sancionar la capacidad de los políticos y obligarlos a una real profesionalización, medida por los resultados de su gestión y no por las rentas o privilegios que se obtienen por ejercer la política.
La insolvencia de la mayoría de los partidos era tan notoria, que pudiendo tener un objetivo común fueron incapaces de realizar alianzas con hondura, quedándose en la superficie del reparto de cuotas de poder, reflejo bufo del viejo corporativismo. De la gran alianza opositora que se propusieron quedaron dos remedos, la alianza por México y la alianza por el Cambio.
La competencia por el poder apoyada en nebulosas propuestas, con un espectro político de tonalidades indefinidas, confiando más en el resbalón del adversario. Eso deparaba el dos mil.